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Bailando con la culpa:
Los hombres hablando de la violencia

Por Ulli Diemer

Recientemente asistí a una reunión en la cual un grupo de cerca de 20 hombres estaban hablando sobre la violencia contra las mujeres y lo que los hombres pueden hacer para prevenirla.

La discusión fue personal, si no que prácticamente orientada. Dos hombres relataron como habían descubierto que algunos amigos suyos estaban abusando físicamente de sus parejas, cómo habían tratado de confrontarlos al respecto, cuan difícil e intimidante resultó hacerlo, cómo respondieron los abusadores cuando se les confrontó, etc. Otro par de hombres hablaron de cómo trataron de aclarar a un hombre que las bromas racistas y sexistas eran inapropiadas.

Alguien sugirió una marcha masculina junto a ‘Take Back The Night’. Otro hombre sacó la idea de hacer un recuento de cómo él mismo había repartido volantes en contra de la violencia a la mujer, a hombres en un bar. ¿Tal vez podríamos realizar algo similar en conjunto con la marcha ‘Take Back The Night’ programada para una semana después?

Entonces, un hombre se dirigió a nosotros, como tener la aprobación de los demás, que estábamos evadiendo el verdadero problema al hablar de ‘lo que otros hombres hacen’ y cómo prevenirlo. Dijo que la violencia no es algo que ‘otros hombres’ hacen: es algo en lo que todos los hombres somos cómplices. Somos ‘igual de culpables’ que deberíamos estar buscando como es que perpetuamos la violencia en nuestras propias relaciones con las mujeres.

Otro participante dio un ejemplo de lo cierto que resulta esto: él había llamado una vez a su esposa ‘dummy’, algo que dijo, ahora reconoce fue un abuso a su esposa. Alguien más dijo que leyendo en el periódico sobre violaciones y asesinatos lo hizo reflexionar sobre que pasa con los hombres para que ‘hagamos’ esas cosas. ¿Somos violentos por naturaleza (‘algo que tenga que ver con la testosterona’)? O ¿será por la socialización? ¿Hay alguna esperanza para el sexo masculino de las especies?

Otros dijeron ideas similares. Los minutos restantes de la reunión se destinaron a una catártica recubierta de culpa: ¿Somos así de horribles? Cualquier pensamiento de planear acciones fue olvidado.

La motivación detrás del cambio de perspectiva en la reunión fue suficientemente buena: lograr que volteáramos a ver a nuestras propias actitudes y comportamientos sexistas. Lo que realmente pasó, sin embargo, fue que la discusión de lo que concretamente deberíamos hacer para evitar la violencia contra la mujer se detuvo cuando cada hombre se subió al vagón de la culpa. En el proceso, nuestra reunión previamente enfocada sucumbió a la emoción sin esperanza y la confusión analítica.

Nada se logro, salvo un incremento de la culpa que estos hombres repartirán nuevamente en la próxima reunión de este tipo a la que asistan.
Esto no fue ni por error un caso aislado. La sustitución de culpa indiscriminada y eslóganes simples (un tipo de travesti interno del feminismo) para un profundo análisis es algo que uno encuentra repetidamente en los movimientos masculinos – y sin duda no sólo en los movimientos masculinos. Creo que esto reduce los esfuerzos de construir un movimiento que sea capaz de llegar a los hombres en la sociedad: un movimiento que sea algo más que sólo hablar de ellos mismo.

En la discusión que describí previamente, no creo que ‘estuvieran evadiendo el verdadero problema’ al hablar de la violencia de algunos hombres y lo que podríamos hacer al respecto. El hecho es que – para mí y la mayoría de los hombres – la violencia contra la mujer es algo que ‘otros hombres’ hacen. Yo nunca he sido violento con una mujer y hasta donde sé, la mayoría de los demás en aquel grupo tampoco lo han sido.

Esto no es para negar lo que la mayoría de los hombres, yo mismo incluido, participamos para cambiar en comportamientos, actitudes y estructuras que son sexistas y que necesitan ser enfrentadas. Pero nada se gana por cruzar la línea entre violencia y patrones de conducta, los cuales, fuera de lo que se crea, no son violencia.

El punto completo de tratar de cambiar a aquellos hombres propensos a la violencia contra la mujer es hacerles saber claramente que esa es la línea que no se debe cruzar. Fuera que sean 'provocados' o no, sea que crean que ‘ella lo empezó’, no importa que tan enojado se encuentren: nunca se debe llegar a la violencia. Los propensos deben entender que la violencia es completamente un tabú y si ellos violan ese tabú, sus esposas los dejarán, perderán a sus niños, a sus amigos y acabarán en prisión.

Si este es el mensaje que estamos tratando comunicar, es completamente contraproducente decir, entonces, que un hombre que hace un comentario denigrante es ‘igual de culpable’ al perpetuar la violencia contra la mujer como lo es el que golpea a su esposa o el violador. Esto trivializa y minimiza la violencia, además le quita poder a todo el mensaje. Nosotros podemos simultáneamente sostener que la violencia contra la mujer es un crimen serio, un comportamiento que está fuera de lugar, mientras al mismo tiempo, está en el mismo nivel moral de hacer un comentario ignorante.

Esta línea de pensamiento – ‘todos los hombre son violentos y todo lo que hacemos es violencia’ – en realidad alienta a los hombres realmente violentos a evadir la responsabilidad de sus actos. Cuando hablamos indiscriminadamente de términos como ‘violencia masculina’ y le damos vida a teorías como que los hombres somos inherentemente violentos, estamos difamando a quienes no lo son y sin pensarlo, estamos perpetuando el estereotipo que para ser un hombre hay que ser violento. Le damos una salida fácil a los hombres violentos, quienes pueden decir ‘no puedo evitarlo. Soy hombre. Todos los hombres son violentos. Los hombres son violentos por naturaleza’.

Esto no tiene sentido y no le estamos haciendo ningún favor a los hombres y mujeres al permitir que esto se disperse.

Una pequeña mirada a la realidad de la violencia nos muestra que no es tan sencillo como el eslogan sexista: ‘La violencia es una cosa de hombres’. Primero, porque muchos hombres no somos violentos (de hecho, muchos son victimas de la violencia) y segundo, porque las mujeres también pueden ser violentas. Por ejemplo, en Canadá, las madres asesinan a sus hijos tanto como lo hacen los padres. Las mujeres golpean a los niños el doble que los hombres. Abuso a los ancianos se comete más frecuentemente por mujeres que por hombres. Los golpes existen en las relaciones lésbicas. Las mujeres están continuamente incrementando su ingreso a la armada y exigiendo el derecho de ir a combate. Las mujeres en el poder (Margaret Thatcher, Indira Gandhi) han mostrado que están dispuestas al uso de la fuerza tanto como los gobernantes masculinos.

Señalar esto no pretende sugerir que hombres y mujeres son igualmente responsables de la violencia o igualmente afectados. Actos de violencia más serios son cometidos por varones y aunque los hombres son comúnmente las victimas, sigue siendo cierto que a menudo las víctimas son los más vulnerables: mujeres, niños y ancianos. Cuando me preocupo por la violencia contra mi pareja, mi madre o mis amigas, es por el peligro de hombres violentos por lo que me preocupo. En aquellas ocasiones cuando yo mismo he estado preocupado por la posible violencia han sido hombres por quienes me he sentido amenazado. No hay duda que el temor de un crimen violento – ambos, en las calles o dentro de casa – es predominantemente un temor a los hombres violentos.

Pero, para lidiar con el problema de la violencia, primero necesitamos analizarla racionalmente, sin sucumbir a la culpa, mitos o eslóganes ideológicos. Si fallamos al entender la naturaleza del problema no vamos a contribuir en su solución. Teorías simplistas que relacionan la violencia a un factor y un factor sólo – masculinidad – en realidad sirve para evitar una discusión seria de lo que lleva a algunos hombres y algunas mujeres a volverse violentos. En lugar de pensar seriamente sobre las causas y soluciones, asumimos que tenemos la clave: el problema es la masculinidad. Esta visión reducida (las personas con penes son propensas a la violencia, las personas sin ellos no lo son) está tan mal como las ideologías que aseguran que la propensión al crimen tiene algo que ver con el color de la piel.

Si, por ejemplo, miramos a las instancias de la violencia doméstica y nos preguntamos porque algunas personas (hombres y mujeres) llegan a la violencia contra sus seres queridos (sus esposos, hijos, padres), frecuentemente encontraremos situaciones complejas donde trabajan uno o más de los siguientes factores:
1. Sienten ira, frustración, etc. y cuando esto sucede se vuelven violentos. Nunca han aprendido a lidiar con la ira no violenta.
2. No saben controlar o tratar el comportamiento de un niño o anciano que tienen a su cargo.
3. Han aprendido, a menudo desde niños, que la violencia es la forma de encarar los problemas. Siendo niños fueron testigos de la violencia en su familia y/o ellos mismos fueron victimas de la misma.
4. Piensan que saldrán bien librado de esto porqué
a. Son más fuertes que la persona a la que están agrediendo, y
b. No creen que serán sancionados (indignación social, cargos criminales) por hacerlo.

Cuando consideramos estos factores, podemos ver que para romper el círculo de la violencia tenemos que hacer algo para cambiar las condiciones y experiencias, especialmente en la infancia, donde se alimenta la violencia. Una alta proporción de adultos violentos empezaron como niños victimas de la violencia. Para romper el ciclo, tenemos que encontrar ante todo maneras de detener la violencia contra los niños, cometida tanto por mujeres como por hombres y no podemos lograrlo si nos enfocamos en la ‘violencia masculina’ únicamente.

Al decir estas cosas no trato de absolver a los hombres no violentos de su responsabilidad de actuar contra la violencia. Al contrario. Sin embargo, creo que los hombres harán un mejor trabajo si entienden que tomar una responsabilidad para hacer algo al respecto es diferente a aceptar la culpa por lo que la minoría violenta de los hombres hace. Para tomar acciones efectivas es necesario tener claro de quien es el problema y cual es la naturaleza de nuestra responsabilidad.

Para tener una perspectiva de cómo vemos la responsabilidad de los ‘varones violentos’ es diferente a como vemos la responsabilidad de otros problemas, podría ser útil considerar la analogía de la raza y el crimen.

Estadísticamente, en Canadá se cometen más actos violentos por miembros de ciertas minorías de lo esperado dado el porcentaje de la población que representan. Aun cuando esto sucede por el efecto de las influencias racistas en los patrones de arrestos y condenas, las discrepancias permanecen.

Persona progresistas condenan enérgicamente – y correctamente – cualquier efecto para relacionar el crimen con la raza como racista y reaccionario. Nosotros nunca toleraríamos en el movimiento progresivo a quien use términos como ‘criminales nativos’ o ‘violencia vietnamita’ o aquella persona que sostenga que la ‘violencia es una cosa de personas de raza negra’. Nosotros veríamos justificadamente tales argumentos como racismo vicioso contra todo un grupo, donde la mayoría de sus miembros son más víctimas del crimen que perpetradores. En esta instancia, reconocemos que culpar a todos los miembros de un grupo por las acciones de una minoría es la esencia pura del racismo. Si la palabra ‘masculino’ es suprimida, las frases anteriores son consideradas perfectamente aceptables, a pesar que la mayoría de los hombres no son criminales violentos.

Para ponerlo de otra manera, si un hombre miembro de una minoría particular comete un crimen, se puede considerar repugnante sugerir que sus acciones son típicas de su raza, pero parece apropiado sugerir que son típicas de su género.

Rechazando cualquier intento de relacionar la raza con los crímenes violentos, podríamos argumentar que el parecido de alguien cometiendo un crimen no tiene que ver con sus características genéticas, tales como el color de su piel, tan fácil de demostrar por el hecho que en todas las razas la vasta mayoría no son criminales violentos. En su lugar, podríamos decir que el crimen crece en condiciones económicas, sociales y educacionales precarias y desesperanzadoras, condiciones tales como aquellas causadas por el racismo institucionalizado de la sociedad capitalista. Consideraríamos la existencia de altos niveles criminales para evidenciar la necesidad de cambiar las condiciones que originan los crímenes, más que como evidencia de las tendencias criminales innatas en un grupo.

Creo que una aproximación similar nos llevará a lidiar mejor con la violencia, en lugar de abordarla a través de culpar a todos los hombres por los actos violentos de una minoría, acciones que la mayoría de nosotros encontramos repugnante.

También creo que los hombres tenemos una responsabilidad particular de actuar contra la violencia.

Hay varias razones para esto.

La primera es simple solidaridad. La violencia es una horrenda violación del ser humano. Cualquier persona que se preocupe por la justicia debe preocuparte además por la horrible injusticia constante de la violencia. Detenerla es una prioridad urgente y cada uno de nosotros tiene el deber de hacer todo lo que pueda para ayudar a detenerla.

La segunda razón es el propio bienestar. A pesar que nosotros estamos más libres del temor a la violencia que las mujeres, las vidas de los hombres también se encuentran bajo su sombra mientras tengamos que temer por la seguridad de nuestros seres queridos. Si un ser querido es asaltado nos toca ayudar a sanar el daño. Y aunque en menor extensión, los hombres tenemos que temer la violencia en la sociedad, especialmente cuando somos niños.

Los hombres tenemos una responsabilidad especial para actuar contra la violencia precisamente porque hay hombres violentos y porque como hombres podemos acercarnos a ellos y hacerlos entender que otros hombres consideran inaceptable la violencia. En esto como en todo lo demás, considero que cuando el grupo al que pertenecemos o algunas personas en él hacen algo malo, entonces aquellos de nosotros que somos parte del grupo tenemos la mejor oportunidad y entonces, un deber particular, de oponernos a lo que está mal, para corregirlo y prevenir que suceda de nuevo.

Por eso yo, y mucho otros que como yo, que nacimos en la Alemania de la posguerra y quienes por lo mismo no comparten la culpa del Nazismo no sienten que tenemos una obligación histórica particular de oponernos contra el fascismo y el antisemitismo. De forma similar, aunque no me siento responsable por ‘mi’ gobierno, al que me opongo tajantemente, creí que tenía la responsabilidad, como ciudadano de este país que oponer la violencia influyó en la gente de Irak mientras clamaba para hablar a nombre de este país.

Así mismo con la ‘violencia masculina’. Mientras haya hombres violentos, es responsabilidad de los hombres no violentos de oponerse a esa violencia, para mostrar a través de nuestras palabras y nuestras acciones que la violencia no algo de hombres, pero sí algo anti-mujer, anti-hombre, anti-humano.

Publicado en Canadian Dimension.

Also available in English: Dances with Guilt: Looking at Men Looking at Violence
Aussi disponible en français: Il danse avec la Culpabilité.
Also available in German: Begegnung mit dem Schuldbewusstsein.
Also available in Polish: Taniec z Winą.


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